Antonio Fernández-cid de Temes

 

 

 

 

 

 


 

 



 


 

Festival de ruidos                                                   Volver

Los sonidos indeseados han acompañado a la música a lo largo de la historia del certamen, pero los cambios técnicos y la mejor educación del público los han reducido a meras anécdotas

INÉS GALLASTEGUI | GRANADA |

 

Unos tacones de señora zapatean una sinfonía de Beethoven. Un vencejo hace los coros a una soprano. Un hombre tose sobre un ‘pianissimo’ y abre un caramelo envuelto en celofán para aliviar el picor de garganta... Las crónicas del Festival de Música y Danza no suelen contarlo, pero algunas veces los ruidos rompen la magia de la música. Ruidos de la naturaleza, ruidos causados por los propios espectadores o ruidos lejanos de la ciudad molestan al público y desconcentran a los artistas. Quienes conocen bien el Festival aseguran que la bulla ha disminuido muchísimo desde los comienzos del evento, allá por los años cincuenta, a medida que aumentaba la educación de la audiencia: los espectadores que antaño charlaban y bebían con acompañamiento musical hoy guardan un silencio casi religioso, roto sólo a veces por la inoportuna melodía de un móvil o un irreprimible estornudo.

El colaborador de IDEAL José Luis Kastiyo, que lleva medio siglo asistiendo regularmente a los espectáculos del Festival, recuerda que en los años cincuenta y sesenta «el ruido de los abanicos y las joyas de las señoras era considerable. En aquellos primeros años se fumaba en el Generalife y la gente no paraba de contar sus peripecias. Siempre se ha dicho que en Europa el público se callaba para que empezase la música, y en España la música empezaba para que el público se callase».
También la falta de puntualidad era una constante, y aún no se había establecido la norma que impide acceder al recinto después del inicio del concierto, por lo que el crujido de los zapatos en la arena y los quejidos de las sillas resultaban irritantes.

El crítico del Festival Andrés Molinari, con más de treinta ediciones en la memoria, recuerda que en los años setenta estaban de moda entre las señoras las pulseras de dijes, que formaban «un follón» en el Carlos V cada vez que las espectadoras, «sumamente enjoyadas», agitaban sus abanicos. También rememora la época en la que el programa del Festival era «un libro gordo y pesado» cuyo ‘hojeo’ ya resultaba un incordio, sin contar con la eventualidad de que se resbalara de un regazo relajado y restallara en el suelo.

Fumar, beber y comer

Los tiempos en que los espectadores, sentados en sus mesas, bebían champán servido por camareros han terminado. El director del Festival, Enrique Gámez, explica que, en la actualidad, la prohibición de fumar emana de la ley, mientras que la restricción de la comida y la bebida forma parte de la «discrecionalidad de la organización».

También es una cuestión de sentido común. Un concierto de música clásica no es uno de rock, y el bocadillo de chóped y la cerveza están fuera de lugar. Sin embargo, en la presente edición los miembros de la organización han llamado la atención a más de un espectador que pretendía entrar con un copazo –bien cargadito de hielos– en la mano.

Animales que dan la nota

Los sonidos de la naturaleza también pueden resultar molestos, pero son los más difíciles de erradicar. No es raro que vencejos, palomas, lechuzas, gatos, ranas o chicharras aporten sus propias ‘voces’ a los conciertos sinfónicos o los recitales. José Luis Kastiyo cita como ejemplo el «cacao de ‘piídos’ escandalosos que organizan los vencejos que se refugian en las yeserías del palacio junto al Patio de los Arrayanes».

Para Jorge Álvarez, técnico de sonido de Radio Nacional de España (RNE), los trinos, gorjeos, arrullos, maullidos o zumbidos de los animales, dentro de un orden, forman parte del «encanto» de los escenarios de la Alhambra al aire libre. «Los ruidos del público se pueden evitar, pero los de la naturaleza son ‘impepinables’. En la Alhambra es frecuente que los vencejos, las lechuzas o los gatos den la nota», afirma.

Álvarez reconoce que, naturales o artificiales, algunos sonidos ‘intrusos’ estropean un concierto radiofónico, porque las condiciones técnicas en que se realiza la grabación o la retransmisión no permiten borrar los ruidos indeseados, así que lo que suena, sale a las ondas.

Pitido del sonotone

Los cambios técnicos y organizativos también han reducido las estridencias inoportunas. Teresa del Río, responsable de prensa del Festival desde hace varios años, explica que, en ciertos escenarios, nunca comienza un evento hasta después de anochecer, para sortear la algarabía de las aves despidiendo el día. Además, los fotógrafos y cámaras de los medios de comunicación sólo tienen autorización para captar imágenes en los primeros minutos de los conciertos, con lo que se minimizan las molestias causadas por los profesionales y sus máquinas.

El asfaltado del teatro del Generalife o la modernización de los asientos y la iluminación –Molinari recuerda que los antiguos focos del Carlos V sonaban «como campanas»– también ayudan a reducir el bullicio.

Pero siempre hay accidentes. Teresa del Río evoca un concierto en el que se empezó a escuchar un penetrante pitido que puso en alerta a todos los miembros de la organización, hasta que se descubrió que se trataba de un sonotone en el bolso de una señora. «Como era sorda, ella fue la última en enterarse», rememora.

Público educado

Sin embargo, todos los conocedores del Festival coinciden en que lo que más ha contribuido a la pureza de la música ha sido la educación del público. «En los primeros años –rememora José Luis Kastiyo– había pocas oportunidades de oír música y los conciertos tenían un carácter más social. Después la gente se fue educando en el respeto a la música». El periodista asegura que el crítico Antonio Fernández Cid dedicó íntegramente algunas de sus crónicas en ‘Abc’ a despotricar del fastidioso meneo de los abanicos.

«El público ahora es muy educado. Se nota un cambio espectacular», coincide Molinari. Ambos deploran, sin embargo, la mala costumbre de aplaudir entre dos movimientos de un concierto, muy frecuente antaño y aún no erradicada del todo.

«Si el Festival de Música y Danza se distingue por algo es porque no hay ruido: es bellísimo». Lo dice Manolo Dabán, técnico de sonido que trabaja para la organización, quien asegura que las interferencias sonoras en estos espectáculos no tienen nada que ver con las que se producen en el teatro o en los conciertos de rock.

Por su parte, el director del certamen defiende que, históricamente, la forma de escuchar música es cambiante, y recuerda que en el siglo XIX la ópera era «un lugar de encuentro» donde la gente comía y bebía en sus reservados, mientras «departía, ligaba o hacía política», y sólo se asomaba para mirar a los artistas cuando llegaba un aria.

«El miércoles, en el ‘pianissimo’ del contratenor Philippe Jaroussky en el Patio de los Mármoles del Hospital Real, no se oía ni una respiración», recuerda Enrique Gámez, emocionado, para ilustrar el cambio de mentalidad de la audiencia.

El director del Festival concluye que el de Granada es «un público excelente: educado, silencioso, que entiende el trabajo del músico. Lo comentan todos los artistas».