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A la sombra del Real

La familia Hazen suministra
desde 1814 pianos a los grandes concertistas que
vienen a Madrid
ÁLEX NIÑO
- Madrid - 13/01/1998
¿Cómo un
ebanista holandés, Jan Hosseschrueders,
acaba convirtiéndose en uno de los más
prestigiosos constructores de pianos de
España y deja una dinastía, la quinta
más antigua en el comercio madrileño?
Félix Hazen García, uno de sus
descendientes, espoleado por esa misma
curiosidad, empezó a desenmarañar la
madeja de su genealogía en 1970, cuando
la piqueta municipal cerraba su tienda
en la calle de Fuencarral, 43, y la
despojaba de la que había sido su sede
durante 90 años. Con la ayuda de su
hijo, Félix Hazen junior -como consta en
su tarjeta de visita-, empezó a
reconstruir la historia de su peculiar
familia, dedicada en cuerpo y alma a
suministrar pianos a todo virtuoso,
consagrado o aficionado que pisara la
capital.El derrumbe, a finales de los
sesenta, de uno de los edificios
aledaños a la tienda, con, varios
muertos a su costa, llevó al
Ayuntamiento a inspeccionar con lupa las
fincas adyacentes. El resultado fue la
demolición de algunos inmuebles, entre
ellos el de los Hazen, y la consiguiente
mudanza. "Cuando preparábamos el
traslado a la calle de Juan Bravo,
descubrimos en un desván, envuelto en
papel de estraza y con kilos de polvo
encima, un piano de mesa, fechado en
1807, y construido por Hosseschrueders".
El
descubrimiento picó la curiosidad por
sus ancestros y le despertó la vena del
coleccionismo. Hoy, cinco lustros
después, los Hazen posee nuna de las
mayores colecciones privadas de pianos
del país y una de las más importantes de
Europa. Instalada en uno de los dos
edificios que la firma tiene en Las
Rozas, consta de más de una treintena de
piezas, que Félix ha ido reuniendo
amorosamente en estos años, divididas
según su procedencia: pianos de la marca
familiar, pianos de firmas con las que
han trabajado y piezas de gran valor
sentimental, como el Pleyel del maestro
Rodrigo, donado por su familia; el Pedro
Gómez con el que empezara a estudiar
José Iturbi, o un Broadwood idéntico al
que tocara Beethoven. "Hemos creado una
fundación para garantizar el futuro de
la colección. En cualquier caso, si
alguna vez no pudiéramos mantenerla, su
destino nunca sería la venta, sino la
donación", asegura Hazen padre.
Desconocida para el gran público, ellos
no ponen puertas a su tesoro.
"Trabajamos con colegios,
conservatorios, pero si alguien quiere
verla, simplemente tiene que llamar y
venir", asegura su hijo.
Quizá la pieza más emblemática sea el
Colorao, un Steinway -"el Rolls de los
pianos", dice Hazen- que llegó a Madrid
en 1923, procedente de la fábrica de
Hamburgo, con el único fin de ser
utilizado por todos los artistas que lo
solicitaran. En 1932 pasó a manos de los
Hazen y se convirtió en el piano de
alquiler más famoso del país. Cerradas
las fronteras comerciales con el
franquismo, los Hazen tenían que proveer
de pianos a los escasos concertistas que
pisaban Madrid. Sin poder importar, se
valían de un viejo Bechstein y del
Colorao, que se resentía de los
destrozos sufridos en la guerra. Gracias
a él y al crítico Antonio Fernández
Cid, Félix Hazen, padre,consiguió la
primera licencia de importación. En un
recital de Alexander Uninsky, en el
teatro Lara, la inclinación del
escenario obligó calzar con tacos el
piano y la silla del pianista. En mitad
de la función se produjo el desastre:
los pedales se desprendieron y Hazen
tuvo que recomponerlo. Cuando explicó a
Fernández Cid los intentos infructuosos
por conseguir un nuevo piano, el crítico
pidió públicamente al Ministerio de
Comercio que de una vez por todas diera
la licencia de importación. En 20 días
el tema estaba resuelto. En el Colorao
han tocado nombres como Ataúlfo Argenta,
José Cubiles, Alicia de Larrocha,
Prokófiev, Rachinaninov o Rubinstein.
La
importación ha sido la base del negocio,
desde que el abuelo de Félix, Juan Hazen
Álamo, se hiciera cargo en 1872. Hasta
entonces, Jan Hosseschrueders y sus
sobrinos Juan y Pedro Hazen habían
mantenido un taller del que salían
prestigiosos pianos con su firma que
acaparaban premios en todas las
exposiciones industriales que se
celebraban. Hosseschrueders, había
llegado a España en 1802. En 1814 montó
su propio taller en la calle de
Hortaleza, 12. Era uno de los 20 que
funcionaban en la capital. "Entonces",
dice Hazen, hijo, "la construcción de
pianos era un negocio muy productivo.
Todo el mundo quería tener uno en casa".
En 1872,
Juan Hazen Álamo decide cerrar el taller
y dedicarse sólo a la comercialización.
"Pasó de fabricar 150 pianos en una
década a importar 300 al año", dice
Félix, padre. Sus descendientes
siguieron la misma línea. En 1962,
liberalizadas ya las importaciones, los
Hazen contactan con Yamaha. Es un hito
en su historia. "A partir de entonces,
importamos una media de 2.000 o 3.000
pianos al año, de los cuales el 20%
aproximadamente se queda en Madrid". El
año pasado, la cifra bajó a 1.500
instrumentos por culpa de la
proliferación de pianos electrónicos.
Hace
apenas dos meses, los Hazen trasladaron
su tienda de la plaza de Andrés Segovia
a la calle de Arrieta, porque como
vecino prefieren el Real al Auditorio.
No les falta razón, pues en tan escaso
margen de tiempo dicen que en las ventas
ya lo han notado. "El Auditorio está en
una zona muy residencial. Cuando hay un
concierto a las siete, la gente va a
menos cuarto y después de la audición se
va a su casa". En el entorno de ópera,
la cosa es bien distinta.
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